Lizzie Borden: dos cadáveres, un hacha y una duda que nunca desapareció
Una mañana de agosto de 1892, Andrew y Abby Borden fueron asesinados dentro de su casa en Massachusetts. Su hija Lizzie estaba allí. Fue detenida, llevada a juicio y absuelta. Más de un siglo después, la evidencia sigue permitiendo sospechar, pero no cerrar el caso.
Primero apareció el padre
Poco después de las once de la mañana del 4 de agosto de 1892, Bridget Sullivan, la empleada doméstica de la familia Borden, descansaba en su habitación del tercer piso de la casa de Second Street, en Fall River, Massachusetts.
Abajo estaba Lizzie Borden.
Su padre acababa de regresar de sus asuntos matutinos por la ciudad y se había recostado en el sofá de la sala.
Poco después, Lizzie llamó a Bridget.
Andrew Borden estaba muerto.
Alguien lo había atacado mientras descansaba.
Cuando el médico William Dolan examinó posteriormente el cadáver documentó diez heridas en la cabeza, algunas tan violentas que habían fracturado extensamente el cráneo.
La escena parecía brutal.
Pero todavía faltaba descubrir algo peor.
La esposa de Andrew, Abby Borden, no estaba a la vista.
Lizzie había explicado que su madrastra había recibido un mensaje y había salido de la casa para atender a una persona enferma. Sin embargo, nadie pudo demostrar después que aquella nota hubiera existido.
Cuando Bridget Sullivan y una vecina subieron al segundo piso, encontraron a Abby en el dormitorio de invitados.
También estaba muerta.
Y llevaba más tiempo allí que su esposo.
Dos asesinatos habían ocurrido dentro de la misma casa, aproximadamente con una hora y media de diferencia.
Sin que nadie hubiera dado la alarma.
Antes de Lizzie Borden hubo una casa
Los crímenes ocurrieron en una ciudad profundamente marcada por la industria textil, la inmigración, las diferencias religiosas y la clase social.
Andrew Jackson Borden era un hombre rico.
Había hecho dinero mediante inversiones inmobiliarias, bancos y empresas industriales. Pero su riqueza no se traducía en ostentación. Mientras otras familias acomodadas vivían en la elegante zona de Fall River conocida como The Hill, Andrew había elegido una residencia considerablemente más modesta en Second Street, cerca del distrito comercial.
Ese contraste sería importante después.
Lizzie tenía 32 años. Vivía en casa con su hermana mayor, Emma, su padre, su madrastra Abby y Bridget Sullivan, una inmigrante irlandesa que trabajaba como empleada doméstica.
Andrew podía proporcionar a sus hijas una vida económicamente segura.
Pero la estructura familiar estaba lejos de ser sencilla.
Abby no era la madre biológica de Lizzie y Emma. Andrew se había casado con ella después de la muerte de su primera esposa, Sarah Morse Borden.
Con el tiempo surgieron tensiones relacionadas con dinero y propiedades, especialmente después de que Andrew transfiriera bienes a familiares de Abby.
Eso proporcionó posteriormente a la acusación algo que necesitaba:
un posible motivo.
Pero motivo no es prueba.
Y ése sería el problema de todo el caso.
La primera víctima llevaba una hora esperando ser encontrada
La cronología transforma la historia.
Abby Borden había subido durante la mañana al dormitorio de invitados para continuar con las tareas de la casa.
Allí fue atacada.
El doctor Dolan identificó diecinueve lesiones cortantes atribuibles a golpes independientes: una inicial y dieciocho marcas adicionales.
La evidencia médica indicaba además que había muerto antes que Andrew.
Aproximadamente una hora o más separaba ambos asesinatos.
Eso significa que, mientras Andrew recorría Fall River haciendo sus asuntos habituales, su esposa probablemente ya estaba muerta dentro de su casa.
Después Andrew regresó.
Bridget Sullivan le abrió la puerta.
Según su testimonio, Andrew entró alrededor de las once, habló brevemente con Lizzie y finalmente se recostó en el sofá. Bridget subió a descansar a su habitación.
Pocos minutos después, Andrew estaba muerto.
La diferencia temporal entre ambos crímenes plantea una pregunta esencial:
¿qué hizo el asesino durante el intervalo?
Si fue una persona ajena a la familia, tuvo que entrar, matar a Abby, permanecer en la casa o regresar posteriormente y atacar a Andrew sin ser descubierta.
Si fue alguien que ya estaba dentro, el problema cambia por completo.

¿Dónde estaba Lizzie?
Ésta fue la pregunta que terminó llevando a una hija al banquillo.
Durante parte de la mañana Lizzie estaba en la casa.
Su hermana Emma se encontraba fuera de Fall River.
El hermano de la primera esposa de Andrew, John Morse, había pasado la noche con la familia, pero salió alrededor de las 8:45 y tenía testigos capaces de respaldar buena parte de sus movimientos posteriores. Bridget Sullivan estaba realizando tareas domésticas, incluyendo limpiar ventanas en el exterior de la casa.
Lizzie explicó que había pasado parte del tiempo en el granero.
Había ido, según una de sus versiones, a buscar plomo o «hierros» que pudiera utilizar como pesas en una próxima excursión de pesca.
Su relato, sin embargo, no siempre fue consistente.
Durante la investigación respondió de maneras diferentes sobre dónde había estado, qué había hecho y cuándo había visto por última vez a determinadas personas.
Existe una posible explicación que debe considerarse.
El médico de la familia le administró morfina después de los asesinatos, y se argumentó posteriormente que la sustancia pudo contribuir a su confusión durante el interrogatorio.
Pero para los investigadores de 1892, las contradicciones tenían otro significado.
La sospecha comenzó a concentrarse alrededor de ella.
Un veneno que quizá nunca existió
Después apareció una historia inquietante.
El farmacéutico Eli Bence afirmó que, el día anterior a los asesinatos, Lizzie había tratado de comprar ácido prúsico, es decir, ácido cianhídrico.
Según Bence, se negó a vendérselo.
Lizzie negó haber acudido a aquella farmacia y, durante el interrogatorio, respondió específicamente que no había intentado adquirir ácido prúsico.
Para la fiscalía, el episodio podía sugerir un intento previo de envenenamiento.
Para la defensa, podía tratarse simplemente de una identificación errónea.
La disputa nunca llegó realmente al jurado.
Los jueces decidieron excluir el testimonio sobre el ácido prúsico durante el juicio al considerar insuficiente su conexión con los homicidios.
Una de las piezas más famosas del caso quedó, jurídicamente, fuera del tablero.
Después apareció el vestido
Tres días después de los asesinatos ocurrió algo que resultaría todavía más difícil de explicar.
Lizzie quemó un vestido en la estufa de la cocina.
Su hermana Emma reconoció posteriormente que la había visto con aquella prenda y que Lizzie había dicho que pensaba deshacerse de ella.
Pero fue el testimonio de su amiga Alice Russell el que convirtió el episodio en un problema.
Russell declaró que, cuando supo que el vestido había sido quemado, le dijo a Lizzie que aquello era lo peor que podía haber hecho porque la policía estaba preguntando precisamente por su ropa. Según Russell, Lizzie reaccionó preguntándole por qué no se lo había impedido.
La defensa tenía una explicación.
Era un vestido barato que se había manchado con pintura y estaba destinado a ser eliminado.
No existe prueba conservada de que aquella prenda contuviera sangre.
Pero destruir ropa apenas tres días después de un doble asesinato proporcionó a la fiscalía algo irresistible:
una acción sospechosa.
El problema era el de siempre.
Sospechoso no significa demostrado.
El hacha que no resolvió el crimen
La policía encontró varias hachas y pequeñas hachas en el sótano.
Una, con el mango roto, atrajo especial atención.
La acusación intentó vincularla con las heridas.
Pero los análisis no encontraron en ella la evidencia concluyente que necesitaban.
El doctor Dolan declaró que inicialmente se observaron manchas que podían parecer sangre o herrumbre. También se encontraron cabellos en una de las herramientas. Sin embargo, posteriormente reconoció que ya no sostenía que aquellos cabellos fueran humanos.
Un químico de Harvard tampoco encontró sangre en las herramientas sometidas a examen.
No existía, por tanto, un arma homicida inequívocamente identificada.
Tampoco apareció ropa cubierta de sangre.
En el vestido que Lizzie entregó a los investigadores se encontró solamente una minúscula mancha sanguínea en el dobladillo, insuficiente para vincular la prenda con los asesinatos.
No había huellas dactilares.
Su utilización criminalística todavía estaba comenzando y la policía de Fall River no las empleó para resolver el caso.
El escenario contenía violencia extraordinaria.
La evidencia física contra la principal sospechosa era, en cambio, extraordinariamente débil.

La canción que convirtió una acusación en certeza
Con los años, el caso quedó resumido en una rima infantil estadounidense:
Lizzie Borden took an axe…
Según la canción, Lizzie habría golpeado cuarenta veces a su madre y después cuarenta y una a su padre.
Prácticamente todo está mal.
Abby era su madrastra.
La evidencia apunta a un instrumento semejante a una pequeña hacha o hatchet, no necesariamente al gran «axe» que sugiere la canción.
Y las cifras tampoco coinciden.
El testimonio médico registró diecinueve lesiones cortantes en Abby y diez heridas en Andrew.
Pero la mayor distorsión está en otro lugar.
La rima comienza dando por resuelto aquello que un tribunal nunca estableció:
que Lizzie fue la asesina.
La cultura popular transformó una acusación en una confesión que nunca existió.
11 de agosto: detenida
Una semana después de los homicidios, Lizzie Borden fue arrestada.
La investigación preliminar, sus explicaciones contradictorias y las sospechas acumuladas llevaron finalmente a un gran jurado a formular cargos contra ella.
El proceso comenzó el 5 de junio de 1893 en New Bedford, Massachusetts.
El país estaba mirando.
La posibilidad de que una mujer blanca, protestante, soltera y perteneciente a una familia acomodada hubiera destrozado con un hacha los cráneos de su padre y de su madrastra colisionaba violentamente con los ideales sociales de la época.
La pregunta ya no era únicamente quién había matado a Andrew y Abby.
También era:
¿podía una mujer como Lizzie Borden haber hecho algo semejante?
Un juicio sobre el crimen y sobre una mujer
El proceso enfrentó dos historias.
Para la fiscalía, las tensiones familiares proporcionaban motivo; Lizzie había tenido oportunidad; sus declaraciones contenían contradicciones; existía el controvertido episodio del veneno y luego había quemado un vestido.
La defensa respondió con algo mucho más simple.
¿Dónde estaba la prueba?
No había un testigo del asesinato.
No había una confesión.
No había sangre suficiente sobre Lizzie.
No había un arma vinculada inequívocamente con ella.
No existía una reconstrucción definitiva de cómo habría cometido dos asesinatos extremadamente violentos, eliminado cualquier rastro significativo y retomado después su vida dentro de la casa.
Y algunos de los elementos potencialmente más perjudiciales para ella ni siquiera llegaron al jurado.
Los jueces excluyeron su declaración durante la investigación preliminar y el testimonio relacionado con la supuesta compra del ácido prúsico.
El contexto social probablemente también desempeñó un papel.
El historiador Joseph Conforti ha argumentado que clase, religión y concepciones victorianas sobre la feminidad influyeron de forma importante en cómo fue percibida la acusada. Su equipo legal enfatizó precisamente la imagen de una mujer respetable que parecía incompatible, para muchos contemporáneos, con semejante violencia.
Pero eso es una interpretación histórica sobre el proceso.
El hecho jurídico es inequívoco.
El jurado debía decidir si la acusación había demostrado su caso.

«Not guilty»
El 20 de junio de 1893, después de un juicio de poco más de dos semanas, el jurado regresó.
El veredicto fue:
No culpable.
Una crónica contemporánea del Boston Globe indicó que los jurados habían permanecido fuera aproximadamente una hora y media antes de regresar a la sala.
Lizzie Borden quedó libre.
La Biblioteca del Congreso resume el desenlace sin ambigüedad: fue procesada por los asesinatos de su padre y su madrastra y posteriormente absuelta.
Nadie más sería llevado a juicio por aquellas muertes.
Y ahí reside una distinción esencial.
El tribunal no declaró quién había cometido los asesinatos.
Determinó que la acusación contra Lizzie Borden no había sido probada de manera suficiente para condenarla.
Históricamente, las dos cosas no son equivalentes.
Entonces, ¿lo hizo?
Ésta es la pregunta que ha mantenido vivo el expediente durante más de un siglo.
Existe un caso circunstancial contra Lizzie.
Estaba en la propiedad cuando ocurrieron los asesinatos. Sus relatos presentan problemas. Existían tensiones familiares relacionadas con dinero. Una persona afirmó que había intentado conseguir ácido prúsico. Quemó un vestido poco después de las muertes.
Pero también existe un problema fundamental para cualquier conclusión categórica.
No hay evidencia física conservada que permita colocar un arma ensangrentada en sus manos.
No existen testigos.
No apareció una confesión.
El arma homicida no fue identificada de forma concluyente.
Algunas de las pruebas potencialmente más dañinas fueron excluidas judicialmente.
Y un jurado la absolvió.
Por eso EÓN no puede responder «sí» simplemente porque la cultura popular lo ha hecho durante generaciones.
Tampoco existe evidencia suficiente para afirmar que sabemos que era inocente en sentido histórico.
La respuesta rigurosa resulta menos satisfactoria y precisamente por eso más interesante:
no sabemos quién asesinó a Andrew y Abby Borden.
La Fall River Historical Society continúa describiendo el caso como uno de los grandes misterios criminales sin resolver y recuerda expresamente que Lizzie fue absuelta de todos los cargos.
Las otras posibilidades
A lo largo de más de un siglo han surgido sospechosos alternativos, intrusos hipotéticos, conspiraciones familiares y teorías en torno a Bridget Sullivan, John Morse y otras personas vinculadas con los Borden.
Ninguna ha producido evidencia suficiente para sustituir la incertidumbre por una explicación demostrada.
Incluso la posibilidad de un intruso tiene problemas.
Los asesinatos ocurrieron en pleno día, en una calle transitada, sin que vecinos o transeúntes informaran haber visto entrar o salir a un extraño alrededor de los momentos críticos.
Pero la ausencia de una observación tampoco demuestra que nadie entrara.
Éste es uno de esos casos en los que cada explicación parece resolver una pregunta creando inmediatamente otra.
Una absolución no terminó el castigo
Lizzie regresó a Fall River como una mujer libre.
Ella y Emma heredaron buena parte de la fortuna de su padre.
Y finalmente hicieron algo que Lizzie aparentemente había deseado durante años:
abandonaron Second Street y se mudaron a una residencia mucho más elegante en The Hill.
La casa fue llamada Maplecroft.
Allí Lizzie comenzó a utilizar con frecuencia el nombre Lizbeth.
Legalmente, el proceso había terminado.
Socialmente, no.
La sospecha permaneció.
Fue observada en público, sufrió burlas y hostigamiento y encontró resistencia incluso dentro del círculo social al que su nueva riqueza debería haberle permitido acceder. El archivo de la Fall River Historical Society conserva, por ejemplo, un registro policial de 1899 en el que Lizzie pidió ayuda porque niños arrojaban grava y arena contra las ventanas de su casa.
La sentencia había dicho «no culpable».
La ciudad nunca llegó a pronunciar exactamente el mismo veredicto.

Lizzie y Emma
Durante años las dos hermanas vivieron juntas en Maplecroft.
Después la relación se rompió.
Emma abandonó la casa en 1905 y las hermanas no volvieron a vivir juntas. Las razones exactas han sido objeto de interpretaciones posteriores, pero no existe evidencia suficiente para convertir las especulaciones más conocidas sobre el distanciamiento en un hecho demostrado.
Lizzie murió en 1927, a los 66 años.
Emma falleció nueve días después.
Ambas fueron enterradas en la parcela familiar del cementerio Oak Grove.
Con Andrew.
Con Abby.
La misma familia que había quedado separada por el crimen terminó reunida bajo las mismas piedras.
Lo que sabemos
Andrew y Abby Borden fueron asesinados el 4 de agosto de 1892 dentro de su residencia de Fall River. Abby murió primero; Andrew, aproximadamente una hora y media después.
La autopsia documentó diecinueve lesiones cortantes en Abby y diez heridas en la cabeza de Andrew.
Lizzie Borden estaba en la propiedad durante buena parte del periodo en que se produjeron las muertes.
Fue detenida el 11 de agosto, acusada formalmente y juzgada en junio de 1893.
El jurado la declaró no culpable.
Nadie más fue juzgado por los asesinatos.
Lo que no sabemos
No conocemos con certeza la identidad del asesino.
No sabemos dónde terminó el arma homicida.
No podemos establecer de manera concluyente qué hizo Lizzie durante todos los minutos relevantes de aquella mañana.
No sabemos si el vestido quemado tenía relación alguna con el crimen.
No podemos demostrar que el supuesto intento de comprar ácido prúsico estuviera relacionado con los homicidios.
Y tampoco existe una teoría alternativa capaz de explicar todas las piezas sin dejar preguntas importantes.
El verdadero misterio de Lizzie Borden
Con el tiempo, la mujer fue sustituyendo al crimen.
Su nombre terminó siendo más conocido que los de las víctimas.
La rima infantil convirtió una absolución en culpabilidad.
Las películas convirtieron las incertidumbres en escenas.
Los libros buscaron motivaciones que los documentos nunca demostraron.
Y una fotografía seria de una mujer victoriana terminó transformándose en uno de los rostros más reconocibles del crimen estadounidense.
Tal vez por eso sea necesario regresar a aquella casa.
No para decidir nuevamente el juicio.
Sino para observar lo que todavía queda cuando retiramos la leyenda.
Un hombre vuelve a casa.
Su esposa lleva aproximadamente una hora muerta arriba.
Alguien espera.
Poco después, él también muere.
Una hija permanece cerca.
Una empleada está en el tercer piso.
Nadie ve al asesino entrar.
Nadie lo ve salir.
No aparece una prueba que cierre el círculo.
Un año después, doce hombres escuchan la evidencia y dicen que la mujer acusada no ha sido demostrada culpable.
Y después de más de un siglo seguimos haciendo la pregunta que ellos no tuvieron que responder:
si no podemos demostrar que fue Lizzie Borden, entonces ¿quién estuvo dentro de aquella casa la mañana del 4 de agosto de 1892?
FUENTES UTILIZADAS
Library of Congress — Arrest and Trial of Lizzie Borden: Topics in Chronicling America. Cronología contemporánea y acceso a prensa histórica digitalizada sobre arresto y juicio.
Commonwealth v. Lizzie A. Borden — transcripción del juicio de 1893. Fuente primaria del proceso judicial, testimonios y evidencia presentada.
Testimonio del Dr. William Dolan — juicio de Lizzie Borden. Fuente para autopsias, lesiones y examen de las herramientas recuperadas.
Testimonios de Emma Borden y Alice Russell. Fuentes primarias sobre la destrucción del vestido después de los homicidios.
Fall River Historical Society — Lizzie Borden Collections. Archivo especializado con documentación original y colecciones relacionadas con el caso.
Joseph Conforti / Smithsonian Magazine — análisis histórico del juicio de Lizzie Borden. Utilizado especialmente para contexto social, clase, género y recepción pública del proceso.