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Dossier · Historia · Misterios

La Última Expedición

Seis exploradores y el lugar donde termina el rastro

Un navegante abandonado por su propia tripulación. Dos barcos tragados por el Pacífico. Una expedición que desapareció en el interior de Australia. Ciento veintinueve hombres atrapados en el Ártico. Tres viajeros que se internaron en la Amazonia buscando una ciudad perdida. Un avión que dejó de responder sobre el océano. Sus historias están separadas por siglos y continentes, pero todas comparten un instante preciso: el último momento en que sabemos dónde estaban.

El último punto del mapa

Todas las desapariciones comienzan dos veces.

La primera ocurre cuando alguien deja de regresar.

La segunda, cuando quienes esperan comprenden que ya debería haber vuelto.

Un barco se retrasa. Una carta no llega. Una radio permanece en silencio. Una expedición que debía aparecer por una ruta determinada no emerge del otro lado.

Entonces comienza otra clase de exploración.

Ya no se busca una costa, un paso entre océanos o una ciudad desconocida. Se busca al propio explorador.

A veces la última pista es una frase escrita en un papel. En otras ocasiones es un objeto encontrado décadas después, una historia conservada por una comunidad indígena o una señal de radio escuchada mientras el combustible se acaba.

Durante siglos, estas historias fueron contadas como enfrentamientos entre hombres extraordinarios y territorios «vacíos» o «desconocidos». Esa imagen necesita una corrección.

Aquellos territorios rara vez estaban vacíos.

Eran desconocidos para quienes llegaban desde fuera.

Las comunidades que vivían allí poseían rutas, nombres, conocimientos y memorias que los expedicionarios europeos muchas veces no comprendieron, ignoraron o subestimaron. En casos como Franklin y Fawcett, ese conocimiento local acabaría proporcionando algunas de las pistas más importantes sobre lo ocurrido.

Este dossier sigue seis desapariciones.

No para convertirlas en leyendas.

Sino para llegar, en cada una, hasta el punto exacto donde termina la evidencia.

HENRY HUDSON

El capitán que su tripulación abandonó en el mar

En 1610, Henry Hudson volvió a internarse en el norte de América buscando aquello que obsesionaba a los navegantes europeos desde hacía generaciones: una ruta marítima hacia Asia.

Su barco, el Discovery, atravesó el estrecho que hoy lleva su nombre y llegó a la enorme bahía que también terminaría heredándolo.

Hudson creyó durante algún tiempo que podía haber encontrado finalmente el paso.

No lo había hecho.

Llegó el invierno y el hielo inmovilizó el barco. La tripulación pasó meses en condiciones difíciles, con escasez creciente y una relación cada vez peor con su comandante.

Cuando el hielo permitió finalmente continuar en 1611, Hudson quería seguir explorando.

Parte de su tripulación quería regresar a Inglaterra.

Ganaron los segundos.

Hubo un motín.

Hudson, su hijo John y varios hombres enfermos o leales al capitán fueron obligados a subir a una pequeña embarcación abierta. Les dieron algunas provisiones y los dejaron atrás mientras el Discovery emprendía el regreso. El Canadian Museum of History resume su destino de manera sencilla: Hudson fue abandonado por su tripulación en la bahía que lleva su nombre y no volvió a aparecer.

Nadie sabe cuánto tiempo sobrevivieron.

No se ha encontrado el bote.

No existe una tumba identificada.

Tampoco conocemos con certeza hacia dónde intentaron dirigirse.

El explorador que había conseguido colocar una enorme región de Norteamérica dentro de los mapas europeos desapareció precisamente dentro de ella.

EL ÚLTIMO HORIZONTE DE HUDSON

LAPÉROUSE

Dos barcos desaparecen en el Pacífico

En 1785, Francia envió una de las expediciones científicas más ambiciosas del siglo XVIII.

El responsable era Jean-François de Galaup, conde de Lapérouse.

Luis XVI le había encomendado continuar y ampliar el trabajo realizado por James Cook. Las fragatas La Boussole y L’Astrolabe recorrieron el Pacífico recopilando información geográfica, natural e hidrográfica.

Durante casi tres años llegaron noticias.

Luego dejaron de llegar.

La última comunicación fiable procedía de Botany Bay, Australia, en 1788.

Después las dos fragatas desaparecieron.

Francia envió expediciones de búsqueda. No encontraron a Lapérouse.

Pasaron décadas.

Finalmente, en 1826 y 1827, el navegante irlandés Peter Dillon reunió objetos y testimonios que condujeron hacia una pequeña isla del archipiélago de las actuales Islas Salomón:

Vanikoro.

Allí aparecieron restos de los barcos.

El misterio principal tenía respuesta.

La expedición había naufragado.

Pero apareció otro.

El Musée national de la Marine señala que algunos miembros sobrevivieron a los naufragios y vivieron durante un tiempo en Vanikoro. Los testimonios recogidos en el siglo XIX incluso indicaban que algunos supervivientes habrían construido otra embarcación e intentado abandonar la isla. El destino de quienes pudieron partir de Vanikoro continúa siendo incierto.

Lapérouse representa una categoría particularmente fascinante de desaparición:

un misterio que fue resuelto sólo para revelar otro debajo.

Sabemos dónde terminaron los barcos.

Seguimos sin reconstruir por completo cómo terminaron todos los hombres.

VANIKORO, 1788

FRANKLIN

Ciento veintinueve hombres entraron en el hielo

En mayo de 1845, dos barcos abandonaron Inglaterra en dirección al Ártico canadiense.

El HMS Erebus y el HMS Terror no eran embarcaciones improvisadas.

Habían sido reforzados para navegar entre hielo, utilizaban algunas de las tecnologías más avanzadas disponibles para una expedición británica y transportaban provisiones calculadas para varios años.

Al frente viajaba Sir John Franklin.

Después de que cinco hombres fueran enviados de vuelta desde Groenlandia, 129 continuaron hacia el norte.

El objetivo era completar el Paso del Noroeste.

Durante los primeros meses todavía llegaron cartas.

Después llegó el silencio.

Los barcos quedaron atrapados por el hielo en septiembre de 1846.

Pero durante años, nadie fuera de la expedición supo exactamente qué había sucedido.

Cuando quedó claro que Franklin debería haber regresado, comenzó uno de los mayores esfuerzos de búsqueda de la historia de la exploración polar.

Las expediciones encontraron tumbas.

Objetos.

Restos humanos.

Y testimonios inuit.

En 1859 apareció la pieza documental fundamental: una hoja conservada dentro de un cairn en Victory Point.

El primer mensaje escrito sobre ella, de mayo de 1847, terminaba afirmando que todo se encontraba bien.

La anotación posterior era muy diferente.

Franklin había muerto el 11 de junio de 1847. Para abril de 1848 habían muerto otros oficiales y marineros. Los 105 supervivientes habían abandonado los barcos e intentaban avanzar hacia el sur.

Después fueron muriendo.

Durante generaciones, la narrativa británica prestó menos atención de la debida a una fuente fundamental: el conocimiento inuit.

Los inuit habían visto hombres de la expedición y barcos posteriormente abandonados. Sus relatos aportaron información sobre los últimos movimientos de la tripulación y sobre los lugares donde habían terminado las embarcaciones. Ese conocimiento, combinado con investigación moderna, contribuyó finalmente a uno de los mayores descubrimientos arqueológicos del Ártico.

En 2014 apareció el Erebus.

En 2016, el Terror.

Después de casi 170 años, los barcos habían regresado a la historia.

Pero encontrar un barco no significa recuperar todas las respuestas.

Todavía se investiga qué ocurrió exactamente durante la retirada, por qué los navíos terminaron en sus posiciones finales y cómo transcurrieron los últimos meses de los hombres que abandonaron el hielo.

105 HOMBRES CAMINANDO HACIA EL SUR

LUDWIG LEICHHARDT

«Hacia el sol poniente»

El 3 de abril de 1848, Ludwig Leichhardt se encontraba en Cogoon Station, en Queensland.

El explorador y naturalista alemán ya había conseguido una hazaña extraordinaria: entre 1844 y 1845 había recorrido casi 5,000 kilómetros hasta Port Essington, en el norte de Australia.

Ahora quería algo todavía mayor.

Cruzar Australia de este a oeste.

Un trabajador preguntó hacia dónde se dirigía.

Según la tradición conservada por el National Museum of Australia, Leichhardt respondió:

«Hacia el sol poniente».

Ésa fue una de las últimas ocasiones en que europeos ajenos a la expedición lo vieron.

Leichhardt y sus compañeros partieron hacia el interior.

Nunca volvieron.

Durante décadas aparecieron árboles marcados con letras, relatos, supuestos campamentos y objetos cuya relación con la expedición no podía demostrarse.

Luego apareció algo diferente.

En torno a 1900, un hombre aborigen encontró junto a Sturt Creek, entre los desiertos de Tanami y Great Sandy, un arma parcialmente quemada asociada a una pequeña placa de latón.

En ella estaba grabado:

LUDWIG LEICHHARDT 1848.

El objeto terminó llegando al National Museum of Australia y fue sometido a análisis históricos y científicos.

El museo considera auténtica tanto la placa como su procedencia.

Eso transformó el misterio.

La placa demuestra que la expedición consiguió avanzar muchísimo más hacia el oeste de lo que durante mucho tiempo pudo documentarse, posiblemente alrededor de dos tercios del camino continental previsto.

Pero la pieza no nos dice qué ocurrió después.

Un pequeño rectángulo de latón desplazó cientos de kilómetros el último punto conocido.

Y volvió a dejar el resto del mapa vacío.

HACIA EL SOL PONIENTE

PERCY FAWCETT

El hombre que buscaba Z

Percy Harrison Fawcett no entró en la Amazonia como un aventurero completamente ignorante del territorio.

Era militar, topógrafo y explorador experimentado.

Había trabajado para la Royal Geographical Society en la delimitación de fronteras sudamericanas y había recorrido repetidamente regiones amazónicas.

Con el tiempo desarrolló una convicción.

La Amazonia precolombina no había estado habitada únicamente por grupos pequeños y dispersos.

Creía que en el interior habían existido sociedades complejas y buscaba los restos de una ciudad a la que llamó simplemente:

Z.

En 1925 regresó al Mato Grosso.

Lo acompañaban su hijo Jack Fawcett y Raleigh Rimell, amigo de éste.

El 20 de abril salieron de Cuiabá.

Conforme avanzaban fueron dejando atrás a los ayudantes brasileños y reduciendo el grupo.

A finales de mayo llegaron a un lugar que Fawcett conocía de expediciones anteriores:

Dead Horse Camp.

Desde allí envió su última carta.

Después, los tres hombres desaparecieron.

Durante décadas aparecieron explicaciones casi para cualquier gusto.

Habían sido asesinados.

Habían muerto de hambre.

Se habían establecido con una comunidad indígena.

Fawcett había encontrado Z y decidido no regresar.

Incluso aparecieron impostores, supuestas reliquias y esqueletos.

Pero una de las pistas más interesantes no procedía de los buscadores que llegaron desde fuera.

Procedía de los Kalapalo.

El relato oral conservado por miembros de esa comunidad sostiene que tres extranjeros —un hombre mayor y dos jóvenes— llegaron hasta ellos. Los alimentaron y advirtieron que no continuaran hacia una zona habitada por grupos hostiles.

Los viajeros continuaron.

Durante varios días los Kalapalo pudieron observar a distancia el humo de sus fogatas.

Después el humo desapareció.

Versiones semejantes de esta tradición fueron registradas durante el siglo XX por investigadores en momentos diferentes.

Eso no demuestra cómo murieron Fawcett, Jack y Raleigh.

Pero proporciona una secuencia mucho más plausible que buena parte de las historias posteriores.

Existe además una ironía formidable.

Fawcett probablemente se equivocó al imaginar una única «ciudad perdida» exactamente como Z.

Pero su intuición de que la Amazonia prehispánica había albergado sociedades mucho más complejas de lo que muchos contemporáneos aceptaban resultó menos absurda de lo que parecía.

La arqueología moderna ha documentado grandes asentamientos interconectados y formas de urbanismo de baja densidad en distintas regiones de Amazonia, incluido el Alto Xingu. Eso no significa que se haya encontrado la Z de Fawcett, pero sí que el antiguo paisaje amazónico fue profundamente transformado por sociedades humanas.

El hombre desapareció.

Una parte de la pregunta que lo llevó allí sobrevivió.

LA ÚLTIMA FOGATA

AMELIA EARHART

Una isla de tres kilómetros en medio del Pacífico

El 2 de julio de 1937, Amelia Earhart y su navegante Fred Noonan despegaron de Lae, Nueva Guinea.

Llevaban semanas intentando completar una circunnavegación aérea del planeta.

Ya habían recorrido aproximadamente 35,000 kilómetros.

La siguiente etapa era especialmente delicada.

Debían encontrar Howland Island.

En mitad del Pacífico, aquello equivalía a localizar desde el aire una franja de tierra de apenas unos pocos kilómetros.

El guardacostas estadounidense Itasca los esperaba allí.

Earhart transmitía por radio.

Las comunicaciones eran deficientes.

El avión se acercaba.

Pero la tripulación del Itasca no podía establecer correctamente la posición de la aeronave.

Una de las últimas transmisiones fuertes recibidas señalaba que estaban sobre una línea de posición determinada y que volaban hacia el norte y hacia el sur intentando localizar la isla.

Después:

silencio.

Comenzó una búsqueda gigantesca.

Nueve barcos, decenas de aviones y miles de personas participaron durante más de dos semanas.

No apareció el Lockheed Electra.

No aparecieron Earhart ni Noonan.

Desde entonces han surgido teorías de todo tipo: islas alternativas, espionaje, captura japonesa, fotografías controvertidas y restos cuya identificación nunca ha podido establecerse definitivamente.

Aquí EÓN debe hacer una distinción importante.

No todas las hipótesis poseen el mismo peso.

El National Air and Space Museum considera que la explicación más razonable a partir de la evidencia disponible es que Earhart y Noonan no consiguieron localizar Howland, agotaron el combustible y terminaron cayendo o amerizando en el Pacífico.

Eso no significa que conozcamos exactamente dónde ocurrió.

El Electra continúa sin aparecer.

El misterio no es necesariamente qué clase de acontecimiento extraordinario les ocurrió.

Puede ser algo mucho más difícil de aceptar.

Que un avión, dos personas y una respuesta perfectamente ordinaria puedan desaparecer dentro de la escala inmensa del océano.

LA ÚLTIMA TRANSMISIÓN

EL MAPA EN BLANCO NUNCA ESTUVO VACÍO

Estas seis historias tienen algo en común que resulta fácil pasar por alto.

Las conocemos fundamentalmente a través de quienes desaparecieron.

Hudson.

Lapérouse.

Franklin.

Leichhardt.

Fawcett.

Earhart.

Sus nombres ocupan el centro.

Pero alrededor de ellos existían otras personas cuyos conocimientos fueron, en muchos casos, decisivos.

Los inuit habían conservado información sobre los hombres y los barcos de Franklin mucho antes de que las instituciones británicas aceptaran plenamente sus relatos. Ese conocimiento contribuyó, junto con investigación moderna, a encontrar Erebus y Terror.

Los habitantes de Vanikoro conservaron historias y objetos de los naufragios de Lapérouse durante décadas antes de que investigadores europeos regresaran.

Un hombre aborigen encontró el objeto que terminaría proporcionando la evidencia material más importante sobre el avance de Leichhardt.

Y los Kalapalo conservaron una tradición sobre los últimos movimientos conocidos de Fawcett que durante mucho tiempo recibió menos atención que las versiones más espectaculares fabricadas alrededor de su desaparición.

Por eso existe una pregunta que este dossier debe dejar clara:

¿desaparecieron los exploradores porque nadie sabía lo que había ocurrido, o porque durante demasiado tiempo buscamos las respuestas únicamente en las fuentes que esperábamos encontrar?

LOS ÚLTIMOS PUNTOS

SEIS ÚLTIMAS HUELLAS

Cuando encontrar algo no termina el misterio

La desaparición de un explorador parece exigir un objeto final.

Un cuerpo.

Un barco.

Un avión.

Una tumba.

Pero estos casos demuestran que la realidad funciona de otra manera.

Encontramos los barcos de Lapérouse y todavía preguntamos qué ocurrió con los supervivientes.

Encontramos los barcos de Franklin y todavía reconstruimos la última marcha de sus hombres.

Encontramos una pieza que perteneció a la expedición de Leichhardt y la consecuencia no fue cerrar el expediente, sino desplazar cientos de kilómetros el punto donde comienza nuevamente la incertidumbre.

Esa es una característica fundamental de la investigación histórica.

Cada descubrimiento reduce la oscuridad.

No necesariamente la elimina.

Por qué desaparecen los exploradores

No existe una única causa.

Hay motines.

Tormentas.

Hielo.

Enfermedad.

Errores de navegación.

Distancias inmensas.

Falta de alimentos.

Conflictos humanos.

Y algo más sencillo: la escala.

Un ser humano ocupa muy poco espacio.

Un barco es enorme cuando está atracado en un puerto y diminuto cuando queda atrapado dentro de millones de kilómetros cuadrados de océano.

Un avión de quince metros parece imposible de perder hasta que cae en el Pacífico.

Una expedición puede dejar decenas de objetos y, después de cien años de vegetación, sedimentos, incendios y movimiento humano, apenas sobrevivir una pequeña placa de latón.

El misterio no siempre requiere algo extraordinario.

A veces basta con que el mundo sea demasiado grande.

EL ÚLTIMO RASTRO

Imaginamos la exploración como un movimiento hacia adelante.

Alguien abre un mapa.

Traza una ruta.

Avanza.

Descubre.

Regresa.

Cuenta lo que vio.

Pero no todas las líneas regresan.

Henry Hudson quedó mirando cómo su propio barco se alejaba.

Lapérouse desapareció después de enviar sus últimas noticias desde Australia.

Franklin murió mientras sus barcos permanecían inmóviles dentro del hielo.

Leichhardt cabalgó hacia el oeste y se convirtió en una placa de latón encontrada medio siglo después.

Fawcett envió una última carta y continuó caminando.

Earhart buscó una isla que nunca apareció ante el parabrisas.

Cada uno llegó hasta un punto diferente.

Un bote.

Un arrecife.

Un cairn.

Un árbol.

Una fogata.

Una señal de radio.

Después de esos puntos, la línea desaparece.

Durante siglos hemos llamado a esas regiones «lo desconocido».

Pero quizá el verdadero territorio desconocido comienza en otro lugar.

No al final del mapa.

Sino en el breve espacio que existe entre la última cosa que podemos demostrar y la primera que sólo podemos imaginar.

Ahí viven todavía los que no regresaron.

FUENTES UTILIZADAS

Para Henry Hudson, la reconstrucción se apoya en materiales del Canadian Museum of History sobre la exploración de Hudson Bay y la desaparición del navegante tras el motín de 1611.

Para Lapérouse, se utilizaron las colecciones y estudios del Musée national de la Marine, incluidos los objetos recuperados en Vanikoro y la documentación relativa a los supervivientes del naufragio.

Para la expedición Franklin, la fuente institucional principal es Parks Canada, responsable junto con comunidades inuit de la investigación de los pecios de Erebus y Terror. Se utilizaron especialmente sus materiales sobre el viaje de 1845, la nota de Victory Point y el papel del conocimiento tradicional inuit.

Para Ludwig Leichhardt, se consultó el National Museum of Australia y su investigación científica sobre la placa de 1848, actualmente la evidencia material autenticada más importante de su última expedición.

Para Percy Fawcett, se utilizaron materiales históricos relacionados con la Royal Geographical Society y la reconstrucción documental publicada por David Grann, especialmente respecto a la última expedición y a la tradición oral Kalapalo. Para contextualizar su idea sobre sociedades amazónicas complejas se consultaron investigaciones arqueológicas modernas sobre el Alto Xingu y el urbanismo prehispánico amazónico.

Para Amelia Earhart y Fred Noonan, se utilizaron las colecciones y estudios del Smithsonian National Air and Space Museum, incluida su reconstrucción de las últimas comunicaciones y su valoración actual de la hipótesis de agotamiento de combustible y pérdida en el Pacífico.

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