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Historia · Expediente · Misterios

La Bestia de Gévaudan: Un legado de sangre

Entre 1764 y 1767, algo atacó repetidamente a los habitantes de una región montañosa de Francia. Murieron alrededor de un centenar de personas. El rey envió soldados y cazadores. Se mataron lobos, se organizaron batidas multitudinarias y una supuesta bestia llegó incluso a Versalles. Pero los ataques continuaron. Dos siglos y medio después, sabemos quiénes fueron muchas de las víctimas. Lo que todavía no podemos afirmar con certeza es qué las estaba cazando.

Una niña no volvió del campo

El 30 de junio de 1764, Jeanne Boulet, una pastora de catorce años, cuidaba animales cerca de Les Hubacs, en la parroquia de Saint-Étienne-de-Lugdarès.

No regresó.

Al día siguiente, el párroco dejó una anotación extraordinariamente breve en el registro funerario. Jeanne había muerto sin recibir los sacramentos porque había sido asesinada por «la bestia feroz».

No decía «un lobo».

Decía la bestia.

La inscripción todavía existe y constituye uno de los primeros documentos directos de una historia que pronto abandonaría las montañas del sur de Francia para llegar a periódicos, palacios y cortes de toda Europa. Jeanne es considerada la primera víctima mortal oficialmente registrada del episodio, aunque existen testimonios de un ataque anterior contra una mujer que logró sobrevivir.

Al principio, su muerte podía parecer una tragedia terrible pero comprensible.

Los lobos formaban parte del paisaje rural francés.

Después murió otra persona.

Y otra.

Entonces empezó el miedo.

Parecía un lobo. Pero no exactamente

Quienes sobrevivieron intentaron describir lo que habían visto.

Ahí comenzó uno de los problemas fundamentales del caso.

Algunos hablaban de un animal parecido a un lobo, pero considerablemente mayor. Otros mencionaban pelaje rojizo, una franja oscura sobre el lomo, pecho ancho, cabeza enorme, hocico extraño o una cola particularmente larga.

Étienne Lafont, funcionario encargado de la administración regional, llegó a escribir que era mucho mayor que un lobo y que ciertos rasgos recordaban a una hiena. El capitán Jean-Baptiste Duhamel ofreció descripciones todavía más espectaculares.

No debemos leer aquellas palabras como una ficha zoológica moderna.

Los testigos observaban durante segundos, muchas veces mientras eran atacados. Algunos testimonios circularon después de persona en persona y terminaron impresos en periódicos que competían por narrar una historia que fascinaba al público.

Pero detrás de las exageraciones existía algo difícil de negar:

personas estaban muriendo.

Las víctimas eran reales

El número exacto continúa dependiendo de qué ataques se incluyen y de cómo se interpretan los registros.

La historiografía especializada suele situar el saldo total alrededor de un centenar de muertos durante los tres años del episodio. El historiador Jay M. Smith, autor de uno de los estudios académicos más importantes sobre el caso, habla de más de cien víctimas mortales a lo largo de la crisis.

Otro análisis documental contabilizó, solamente entre junio de 1764 y marzo de 1766, 53 personas muertas y 46 heridas, con una edad media de apenas 16 o 17 años; más de la mitad de las víctimas registradas tenían quince años o menos.

Ese patrón tiene una explicación menos misteriosa que la propia Bestia.

Los niños, adolescentes y mujeres jóvenes eran quienes con frecuencia cuidaban los rebaños lejos de las viviendas. Eran, por tanto, quienes permanecían más expuestos.

La criatura parecía haber descubierto una presa vulnerable.

Y volvía a buscarla.

Siete niños decidieron no correr

El 12 de enero de 1765 ocurrió uno de los episodios más extraordinarios de toda la historia.

Siete niños cuidaban ganado cerca de Villaret. El mayor apenas tenía doce años.

Habían comenzado a salir agrupados precisamente por miedo a la Bestia y llevaban palos a los que habían sujetado pequeñas hojas metálicas para defenderse.

El animal apareció.

Atacó a uno de los pequeños.

En lugar de dispersarse, los demás formaron una defensa y trataron de herirlo con sus improvisadas armas. Cuando la criatura intentó llevarse a otro niño, Jacques-André Portefaix insistió en que debían regresar para ayudarlo.

Lo hicieron.

Consiguieron que el animal soltara al niño y finalmente lo obligaron a retirarse.

El episodio fue comunicado a las autoridades y terminó llegando hasta Luis XV. El rey recompensó a los jóvenes y financió la educación de Portefaix.

La Bestia ya no era solamente un problema rural.

Había entrado en la política del reino.

En enero de 1765, siete niños resistieron juntos un ataque atribuido a la Bestia. Su defensa alcanzó tal notoriedad que Luis XV recompensó su valentía.

El monstruo que llegó a los periódicos

Francia acababa de salir de la Guerra de los Siete Años.

El prestigio de la monarquía había sufrido y el país atravesaba dificultades económicas y políticas. Mientras tanto, la prensa periódica estaba creciendo.

La Bestia proporcionó una historia perfecta.

El Courrier d’Avignon y otras publicaciones difundieron los ataques mucho más allá de Gévaudan. Grabadores comenzaron a imaginar el aspecto del animal. En París aparecieron estampas. La historia llegó incluso al extranjero.

Jay Smith ha mostrado que el caso fue también un fenómeno de comunicación: acontecimientos rurales que posiblemente habrían permanecido locales unas décadas antes fueron convertidos por la prensa del siglo XVIII en un espectáculo nacional.

La Bibliothèque nationale de France conserva todavía estampas publicadas en 1764 y 1765 que permiten observar cómo la imaginación colectiva transformó progresivamente un depredador desconocido en un monstruo.

Cuanto más se hablaba de la Bestia, menos parecía un animal ordinario.

El rey manda a sus cazadores

Las primeras grandes batidas estuvieron dirigidas por el capitán Duhamel y sus dragones.

Cientos y después miles de hombres recorrieron bosques, barrancos y montañas.

En algunos momentos participaron cantidades enormes de voluntarios.

Los cazadores colocaron cebos envenenados. Organizaron redes humanas. Algunos soldados llegaron incluso a disfrazarse de mujeres campesinas para intentar atraer al depredador.

Nada funcionó.

Después llegaron los célebres cazadores normandos Jean-Charles y Jean-François d’Enneval.

Tampoco consiguieron acabar con el problema.

Finalmente Luis XV envió a uno de sus propios hombres: François Antoine, porta-arcabuz real y experimentado cazador.

La reputación de la Corona estaba ahora vinculada a la captura de un animal.

Versalles recibió una Bestia

El 21 de septiembre de 1765, François Antoine y sus hombres localizaron un enorme lobo en los bosques de Chazes.

Le dispararon.

El animal murió.

Era excepcionalmente grande y parecía ofrecer por fin una explicación razonable.

El cadáver fue preparado y enviado a la corte. En octubre fue exhibido en Versalles ante la familia real, donde fue identificado simplemente como un gran lobo.

La victoria fue celebrada.

François Antoine recibió reconocimiento.

El rey podía considerar cerrado el asunto.

Gévaudan había sido liberado.

Excepto por un problema.

Dos meses después volvieron los ataques.

En 1765 un gran lobo abatido por François Antoine fue llevado a Versalles y presentado como la Bestia. Poco después comenzaron nuevos ataques.

Un monstruo oficialmente muerto seguía matando

Para los habitantes de Gévaudan, la situación era especialmente cruel.

Desde París, el problema ya estaba resuelto.

Localmente, seguían enterrando víctimas.

Durante aproximadamente otros dieciocho meses se atribuyeron al depredador decenas de nuevos ataques y entre treinta y treinta y cinco muertes.

Eso plantea una posibilidad evidente.

Quizá nunca hubo una sola Bestia.

Tal vez las personas de Gévaudan estaban agrupando bajo un mismo nombre los ataques de varios grandes carnívoros.

La idea explicaría por qué la muerte de un enorme lobo en 1765 no terminó con el fenómeno.

Pero tampoco podemos demostrarla.

Jean Chastel

En junio de 1767 los ataques continuaban.

El marqués d’Apcher organizó otra cacería.

Entre los participantes estaba Jean Chastel, un habitante de la región que conocía bien aquellas montañas.

El 19 de junio disparó contra un gran animal en las laderas del Mont Mouchet.

Murió.

Y esta vez ocurrió algo diferente.

Los ataques cesaron.

Durante generaciones, la tradición transformó ese momento en algo casi religioso.

Se dijo que Chastel había rezado antes de disparar.

Después apareció un detalle todavía más famoso: habría cargado su arma con balas fabricadas con plata procedente de medallas religiosas.

Es una magnífica historia.

Pero no pertenece a 1767.

La versión de las balas de plata no está respaldada por los documentos contemporáneos y fue elaborada mucho después; la variante más conocida procede de la literatura francesa del siglo XX.

Uno de los detalles más célebres de la Bestia pertenece, en realidad, a la historia de cómo fabricamos leyendas.

Entonces, ¿qué era?

Aquí conviene separar posibilidades de evidencias.

La explicación más sencilla sigue siendo zoológica.

Los lobos europeos podían atacar seres humanos, especialmente en circunstancias de escasez, habituación o comportamiento depredador excepcional. Muchos historiadores consideran probable que uno o varios grandes lobos estuvieran implicados.

Se han propuesto también híbridos de lobo y perro.

Otros autores han sugerido especies exóticas escapadas de cautividad: una hiena, por ejemplo, o incluso un león joven. La hipótesis del león ha sido defendida porque algunos rasgos descritos por los testigos —cola larga, pelaje rojizo y una peculiar línea dorsal— podrían interpretarse de esa manera.

Pero existe un problema fundamental.

No conservamos un cadáver cuya identidad pueda establecerse mediante anatomía moderna o ADN.

Las descripciones son variables.

Los ataques se extendieron durante tres años.

Y dos animales distintos fueron abatidos en momentos diferentes y proclamados, de una forma u otra, responsables del fenómeno.

La evidencia disponible no permite convertir ninguna identificación específica en certeza.

¿LOBO, HÍBRIDO O ANIMAL EXÓTICO?

Lo que sabemos

Sabemos que entre 1764 y 1767 una serie excepcional de ataques contra seres humanos ocurrió en Gévaudan y zonas vecinas. Los registros parroquiales, la correspondencia administrativa y la prensa de la época lo documentan.

Sabemos que muchas víctimas eran jóvenes que cuidaban ganado.

Sabemos que la monarquía francesa intervino directamente.

Sabemos que François Antoine mató un enorme lobo en 1765 y que el animal fue enviado a Versalles.

Sabemos también que los ataques continuaron.

Y sabemos que después de que Jean Chastel matara otro animal en junio de 1767, la gran secuencia terminó.

Lo que no podemos demostrar es si todos los ataques fueron obra del mismo animal, de varios lobos, de un híbrido o de otra especie.

La Bestia que creció después de morir

Gévaudan nos recuerda algo extraño sobre los monstruos.

No necesitan ser imaginarios.

Un animal real puede bastar.

Primero muere una niña.

Después otra persona.

Los supervivientes intentan describir lo que han visto.

Los periódicos repiten esas descripciones.

Los dibujantes las convierten en imágenes.

El rey manda soldados.

Los cazadores fracasan.

La criatura parece sobrevivir a las balas.

Finalmente alguien la mata.

Después llegan las balas de plata, los hombres lobo, conspiraciones y animales entrenados por asesinos.

Dos siglos y medio más tarde resulta difícil distinguir dónde termina el depredador y dónde comienza aquello que Francia construyó alrededor de él.

Pero bajo toda esa leyenda permanecen los registros parroquiales.

Nombres.

Fechas.

Niños que no regresaron del campo.

Y esa quizá sea la parte más inquietante de la historia:

fuera lo que fuese la Bestia de Gévaudan, no necesitaba ser sobrenatural para convertirse en un monstruo.

FUENTES UTILIZADAS

La investigación se basa especialmente en Jay M. Smith, Monsters of the Gévaudan: The Making of a Beast, Harvard University Press, 2011, uno de los estudios históricos fundamentales del caso. También se consultaron registros y fondos de los Archives départementales de la Lozère, materiales iconográficos de la Bibliothèque nationale de France, estudios cuantitativos sobre las víctimas y reconstrucciones históricas de Smithsonian y National Geographic.

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